EL NEGOCIO DE LA VIDA. Juan Manuel de Prada.

El negocio de la vida
JUAN MANUEL DE PRADA

LAS informaciones que diariamente nos suministra ABC nos permiten hacernos una idea
del negocio cochambroso que se esconde detrás del aborto. Tras el escándalo de los
mataderos barceloneses, ahora le toca el turno a Madrid. Fetos descuartizados y
arrojados al contenedor de la basura, informes en blanco con la firma de psiquiatras
inescrupulosos, historias clínicas de abortos clandestinos destinadas a la
trituradora de papel... Puro estajanovismo al servicio del crimen industrial. Y,
detrás de tanta ignominia, una procesión incesante de mujeres demolidas saliendo de
los mataderos, expoliadas de la vida a la que prestaban su sustento, huérfanas del
hijo que habían concebido, marcadas para siempre por una decisión que no habrían
tomado si no las hubiese atosigado la necesidad o el miedo insuperable, perseguidas
para siempre por la sombra de un crimen que no habrían cometido si alguien les
hubiese hecho saber que no estaban solas, que el hijo que crecía en sus entrañas era
valioso y único, que en la supervivencia de ese hijo se cifraba nuestra
supervivencia social.

La inspección de sanidad de la Comunidad de Madrid ha cerrado algunos de estos
mataderos «por considerar la existencia de un riesgo grave para la salud de las
personas». Es una medida administrativa loable, pero insuficiente. Pues de lo que se
trata no es de cerrar tal o cual matadero porque incumpla tal o cual normativa
sanitaria, porque arroje a la basura los cadáveres de esos niños nonatos en lugar de
arrojarlos a la incineradora. De lo que se trata es de que ninguna mujer sea
empujada a abortar.
Y para ello hace falta algo más que un riguroso cumplimiento de
la normativa sanitaria. Hace falta que esas mujeres que abortan se tropiecen con el
abrazo de una sociedad que las acompaña samaritanamente en su difícil trance, que se
compromete en su desdicha, que se compadece de su sufrimiento porque esa vida de la
que son portadoras es dueña de un destino inalienable. Hace falta que la tragedia de
esas mujeres sea la tragedia de la sociedad entera: hace falta que ellas lo sepan y
que cada uno de nosotros lo sepamos.
La herida que el relativismo moral nos ha infligido, bien lo sé, es profunda y no
cesa de sangrar. El egoísmo y la cobardía se han aliado con la basura cósmica del
feminismo progre para justificar o condescender con tanta bestialidad. Pero quiero
pensar que aún hay personas que se rebelan contra lo que consideran un crimen de
lesa humanidad. Y quiero pensar que esas personas buenas también se cuentan entre
quienes nos representan; quiero pensar que aún existen al frente de nuestras
instituciones personas que sienten cómo su conciencia se revuelve ante el
espectáculo de tanta vida arrojada al vertedero, que se sienten un poco más muertos
cada vez que una de estas vidas nos es arrebatada, cada vez que una de estas vidas
no alcanza a cumplirse. Quiero pensar que esas personas existen; sé que existen,
porque a veces he hablado con ellas, he compartido con ellas mi inquietud y mi
rabia, que son las suyas.

Por un momento, mientras me desayunaba las informaciones de ABC sobre el turbio
negocio del aborto en los mataderos de Madrid, he pensado que Esperanza Aguirre y
Alberto Ruiz-Gallardón podrían ser dos de esas personas. Y he pensado que quizás
ellos también se hayan desayunado esa cochambre; he pensado que tal vez algo se haya
revuelto dentro de ellos mientras lo hacían, algo que incumbía al fondo de su
humanidad. Y he pensado que acaso, después de sentir cómo el frío helador de la
muerte se inmiscuía en su aliento, se han telefoneado y se han dicho: por fin hay
una causa en la que podemos emplear nuestros esfuerzos de consuno, por fin hay una
causa que nos interpela a ambos y en la que ambos podemos actuar como vanguardia de
humanidad. Y he pensado que ambos podrían salir a la palestra para garantizar a
cualquier mujer residente en sus respectivas demarcaciones que se haya quedado
embarazada un compromiso firme de la sociedad que representan: el compromiso de que
esa vida de la que son depositarias alcance su destino, el compromiso de que no
habrá necesidad ni miedo que puedan cercenar ese destino. Si se decidieran a asumir
ese compromiso, habrían hecho el negocio de su vida.

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